Crónica romántica de una final

Foto: sigloxxi.com

El Santiago Bernabeu se engalanó para vivir otra noche de historia, pero en esta ocasión no se vistió de blanco, sino con los colores de otros dos reyes europeos. El Inter de Milán, que había esperado casi medio siglo para conseguir reinar en Europa de nuevo, se enfrentaba a otro histórico rejuvenecido por la mano de Van Gaal, en la final de la más grande competición europea.

Sonó el sílbato inicial. y ambos conjuntos barajaron sus cartas con miedo, más preocupados por evitar la decepción antes que lograr el triunfo. Después de media hora de contienda, Diego Milito paró con su pecho un misil tierra-aire-tierra lanzado por Julio César cuarenta metros atrás, y dejó el esférico a los pies de Sneijder. El holandés se la devolvió al “Príncipe” con rapidez, que pasó como una flecha por delante de sus contrincantes y con el balón a sus pies, amagó al  cancerbero Butt para posteriormente enviar un pase a la red. Era el 1-0 del héroe inesperado.

Quedaba una hora de lucha, pero el bando italiano había golpeado primero. José Mourinho, el estratéga de Setúbal, replegó aún más a sus hombres y, como en Barcelona, tejió una telaraña impenetrable. Majestuosa solidez.
Los alemanes fueron incapaces de morder. El incisivo Robben chocaba una y otra vez con la defensa interista. En la banda contraria, el vació dejado por Ribery, enredado en líos de faldas y víctima de su propia mala cabeza, reflejaba la ausencia de un puñal, que el combativo turco Altintop no pudo ser.

Pasaban los minutos, Cambiasso y Zanetti, dos argentinos ignorados por el arbitrario Maradona, se acercaban a la gloria. Insuperables en el centro del campo, evidenciando la mediocridad de sus homólogos en el conjunto enemigo, Van Bommel y Schweinsteiger, incapaces de pensar con rapidez, de idear un nuevo plan, entregando las armas permanentemente a Robben. Tampoco Van Gaal supo adaptarse e introdujo dos pesados tanques de área, Klose y Mario Gómez, haciendo más torpe el ataque alemán. No tenía mucho más arsenal.

A los setenta minutos, de nuevo Milito iniciaba una carrera en terreno alemán y tras humillar a Van Buyten, sentenciaba el choque con un segundo gol que coronaba a su equipo. No hubo reacción. La pretérita garra alemana, aquellos rubios Effenberg y Kahn que nunca se rendían, no han encontrado sustitutos todavía. Estan en camino, Muller y Badstuber ya saben lo que es disputar una final, pero aún son muy jóvenes para decidir. Será Mourinho quien siga figurando en las selectas páginas de la historia. El Inter es el campeón de Europa.

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